James D. Watson

La principal de dichas reglas es la prohibición estricta en prácticamente todas las sociedades de matar a un ser humano congénere a menos que sea por razón de autodefensa necesaria. Sin esta regla, nuestra vida como seres humanos que funcionan resultaría muy menguada, al no poder nadie contar con la disponibilidad continuada de los que amamos y de los que dependemos. En cambio, la terminación de un feto genéticamente lesionado no tiene por qué menguar las vidas futuras de aquellos individuos en cuyo mundo de otro modo entraría. En realidad, la emoción predominante debe ser en gran parte de alivio por no vernos obligados a dar amor y apoyo a un niño que nunca podrá tener una existencia cuyo éxito eventual se pueda anticipar y compartir.
Así, sólo puedo ver agonía innecesaria surgida de leyes que utilizan la fuerza de revelaciones religiosas arbitrarias para imponer el nacimiento de niños genéticamente enfermos a padres que preferirían mucho más terminar estos embarazos, en la esperanza de que su siguiente concepción conduzca a un niño sano. Es seguro que usar el nombre de Dios para dejar que ocurran tragedias humanas personales molestará no sólo a quienes siguen normas de vida menos dogmáticas, sino también a muchos miembros de aquellos grupos religiosos cuyos miembros proclaman la santidad absoluta de toda la vida humana. Es probable que estas personas se pregunten si las palabras de Dios, así interpretadas, son más importantes que la salud de sus hijos o de los de sus amigos. A la larga, es inevitable que estas autoridades que piden a sus seguidores que se perjudiquen en el nombre de Dios se encuentren cada vez más aisladas, y que sus declaraciones morales sean consideradas ignoradas.
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Tropezamos y caemos constantemente,
aun cuando seamos ilustrados.
Pero, inmersos en la oscuridad espiritual,
ni siquiera sabremos que hemos caído